Simplemente  fue un sueño del que me negaba a despertar. En él estaba aferrada a ti, y aspiraba el  más delicioso de los aromas combinado con el suave tacto de tus manos acariciando mi cara y el delicado viento por el que viajaban nuestras risas cómplices, efímeras. Sabía que al abrir los ojos desaparecerías y se volverían a abrir mis heridas, así que, con un tremendo esfuerzo, traspasé el fino hilo que separa los sueños y la realidad, y fui capaz de ahogar mis miedos bajo la almohada.

Esa fue la única forma que encontré para obligarte a permanecer y conservarte, de alguna forma, eternamente a mi lado.

 

 

Abrí el libro por la página marcada, esa misma que estaba desgastada por el paso del tiempo. Hacía ya mucho que el libro permanecía cerrado y todavía no me había atrevido a volverlo a abrir.

Tenía miedo, estaba aterrado. Sabía que en cuanto lo abriese renacerían los recuerdos y flotarían de nuevo mis sentimientos.

Y aunque era consciente de que no debía hacerlo, te quería tanto que no podía dejarte archivada, encerrada en un libro lleno de polvo. Necesitaba recordar que existías.

Por eso desde aquella noche, siempre leo mi página favorita. Tú.

 

 

 

Ella, le hace competencia

al vuelo de las gaviotas

y al brillo de las estrellas.

 

Ella, es siempre dulce,

incluso más cuando duerme,

se despierta y se retuerce,

y ya no sé cómo escaparme,

de la inocencia de sus palabras

y del olor de sus cabellos

ni tampoco del sonido

de sus susurros.

 

Ella, para mí es un bálsamo,

que me cura las heridas,

que me levanta el ánimo

y sólo con respirar,

sé que ella,

es lo que más amo.

 

 

 

 

 

MARÍA GARCÍA ILLÁN