Érase un hombre a una nariz pegado,

que siempre molestaba

al que estaba junto a él sentado.

Si montaba en el metro

se quedaba atascado.

Allá por donde iba

los dejaba pasmados.

El pequeño Pinocho

no era nadie a su lado.

La nariz de este hombre

se había desmadrado.

Esta gran pituitaria

era un Guinness certificado.

Al llegar el invierno

era un pico nevado.

Una marca de pañuelos

lo tenía contratado.

Y en cuestiones de olores

era el más informado.

¡Oh, nariz prominente!

¡Oh, apéndice desmesurado!

¡Oh, Cyrano, sin duda,

a una nariz pegado!

nariz1LAURA SANCHIS BALLESTER, 4ºESO B